Vuelves ahora a éstos atardeceres
de nubes rojas,
acompañado por equipajes de cosas
desgastadas,
aquí; recuerda no hubo lugar para
el alivio ni el reposo,
porque permanecen los harapos y el
rostro mugroso
de la concubina soledad y el
tiempo, mezquino amante.
¡Sí!, vuelve a tu tierra olvidada,
hazlo con el rostro adelante.
Habrá que recoger la esquiva y
profana huella del tiempo perdido,
vuelves del horizonte voraz que te formó,
pero te había consumido,
hay que releer del libro del
pasado, en sus párrafos y en sus hojas
el trabajo inconcluso, y retornar
al vuelo que un día se hizo de mariposas.
Vuelve y no condenes la vida a un
silente egoísmo errante,
ni a la penumbra del vestigio, el
pasado soberbio que dejaste,
ni al halo de la alegría, ni a la
tristeza le condenes a la eternidad.
Ahora estamos aquí, pisando la
alfombra negra y llena humedad
a ver si su fertilidad retorna a la
verdad y tu alegría a su nido.
Deja de ver por fin a través del
contrario, ¿no eres ahora el que había huido,
dejando los ojos llorosos de una
madre con las manos frías y virtuosas
y a un padre enfadado, acongojado y
triste con su pelo sin canas?,
vuelve ahora a las manos cálidas y
sufridas de la madre entregada
regocija ahora el enfado del padre
que es ahora de cabellera nevada.
Deja por fin de ver a través del
contrario, porque lo que tanto reprochabas
se alumbra en tu mente ahora tal
vez ya eres el contrario.
Paulo César Ruales Caicedo
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